E L VALLE

La vida Fértil

 

siete kilómetros de la capital, Numancia abre al primer golpe de vista su puerta ancha de Historia. A sus pies, y en un viaje de ida y vuelta al pasado opulento, Garray ofrece el regreso en terrazas, baños en el Soto y piraguas de alquiler. Más allá, el indicador de La Rubia conduce a una Casa Fuerte del XV de excelente conservación: San Gregorio tiene torres, almena, escudo, un elefante de siete trompas, iglesia, convento y una quesería en el antiguo monasterio que se nutre de la leche de churras ojaladas. La misma comarcal lleva a Matute de la Sierra, deshabitado un día y al que una reconstrucción en piedra devuelve vida y encantos. Podrá acercarse hasta Almajano, pueblo de agostadero de ricos merineros con casas blasonadas del XVIII. La gran espadaña de la iglesia quizá le regale los oídos con el tañido de sus cinco campanas al tomar el camino hacia la Plaza Mayor, donde se alza una Casa Fuerte amurallada. Retenga el emblema de los Salcedo.Lo volverá a encontrar, además de en el hoy Archivo Histórico Provincial de Soria, en el próximo destino: la casa solariega de Aldealseñor, que se levanta poderosa desde su gran torre del XII y su perímetro amurallado.

Dicen de El Valle que es una tierra viva que cambia con cada estación. Cuentan que es fresco y verde como un paisaje irlandés, que en sus dehesas los robles ensanchan junto a los pueblos blancos, que Nostradamus puso sus coordenadas a trabajar para salvar dos espacios y que uno de ellos vino a coincidir con esta tierra solícita a la que no le faltan los amantes. Dicen, hablan... y aún podrían explicar mucho más si las sílabas tuvieran precisión de tonos y humedades, luces suaves, un óvalo entre la Cebollera y la Carcaña donde la aridez es una palabra ajena. No estamos en la Castilla polvorienta, sino en el vientre fértil que esta provincia sabe abrir entre tiernas comarcales de vegetación apretada y monte lleno. Una foto en un bar cuenta que, a veces, los ciervos bajan a beber a las fuentes de los pueblos. Fuera, el color se abandona a la seducción sin disimulo. La vida se hace generosa. El riesgo: convertirse en adicto de la comarca hermosa, que la derrocha a manos llenas.



Tras desandar el camino hasta la Nacional, las bifurcaciones le llevarán a hermosos escenarios de río y roble como Espejo de Tera -rescatado del abandono hace años- o a una localidad en piedra que sirve de puerta entre El Valle y Tierras Altas. Se llama Almarza, y es pueblo de arquitectura recia y pasado ganadero, el cual ha dejado en herencia una iglesia del XVI y el palacio de los Montenegro. En él, hoy Aula de Naturaleza de un colegio madrileño, teje Gloria del Valor el arte de Penélope y cuece artesas vegetales que tiñen lino, seda y esparto. Si es agosto y a primeros, quizá pueda comprar en la feria comarcal miel, embutidos o mantequilla. Si el día es seis y de enero, asistirá al intercambio del Arca entre Almarza y San Andrés, donde se conservan los privilegios reales que aseguraban el uso de dehesas y montes comunales. A muy pocos kilómetros, Gallinero ofrece uno de los pocos restos del gótico civil de la provincia y un camino hasta Garagüeta, una de las acebedas más importantes de Europa. Y si desea más dosis de bosque espléndido, dé la vuelta hasta Santos Nuevos, ermita de Almarza enclavada en un robledal centenario y sólido. La ruta obliga a deshacer camino y regresar a la carretera general hasta el cruce de Tera, con casa solariega e iglesia góticas. Se adentra en el corazón de El Valle. Conduzca despacio. Disfrute. Está salpicado de aldeas blancas en las que ir parando. Inúndese los ojos de los robles de Rebollar, saboree el camino a Rollamienta, desvíese al balcón sobre El Valle en el hermoso Villar del Ala. Más allá está Aldehuela del Rincón, con una dehesa infinita y vientos que curan deliciosos chorizos. Desembocará en Sotillo. Quizá sea tiempo de sumergirse en la piscina natural que aprovecha las aguas del Razón. Hay miel de biércol y buen chorizo en el precioso caserío mezclado con grandes casas de indianos. Atrás ha quedado Valdeavellano de Tera. Basta con deshacer unos cuantos hilvanes de calzada para dar con este pueblo blanco circundado por las sierras Cebollera y Tabanera, que cuenta con albergue de la Junta. Una estrecha carretera flanquedada de bosque conduce a los encantos de Molinos de Razón. Desde su ermita se extienden espectaculares retazos de valle a los pies de la cercana Cebollera. Subamos hasta su laguna o demos la vuelta, que así es el viaje y el camino, hasta Sotillo. El camino a El Royo será la prolongación de policromías arboladas: podemos descansar en el kilómetro 17 (con parrillas y zona de  baño), llegar a la poza cristalina de El Chorrón, caminar o pedalear hasta el Hayedo u optar por la ermita de la Virgen del Castillo, desde donde un impresionante panorama de bosques y pantano esboza su fisonomía sin desperdicio.

Numancia: Garray augura un viaje en el tiempo: una ciudad celtíbero-romana cuenta la historia de una resistencia. Por ella deambula la memoria de arévacos asediados durante dos décadas y muertos de suicidio colectivo. Basta un poco de imaginación para resucitar una guerra de cercos en el 133 a.C. Dos casas, una celtíbera y otra romana, pretenden desde hace pocos años -ayer en este tiempo de siglos- ayudar en este ejercicio de reconstrucción. Regalan la excusa tridimensional para que los ojos de cincuenta mil visitantes anuales puedan recomponer escenas de hace dos mil años. En la oferta se incluye la muralla recrecida, los trazados celtíbero y romano, restos de edificios públicos y privados romanos, el itinerario explicativo, la exposición en la casa del guarda, el Aula Arqueológica de Garray, un último fin de semana de julio y fiesta en que los garreños se levantan de nuevo... Distinga los campamentos, la atalaya, imagine los elefantes con los que Roma quiso conquistar Numancia, el hambre, la autoinmolación antes que la entrega. Vuelva a imaginar. Pasee con calma por la Historia. Es tiempo antiguo y no tiene prisa.

El Royo, de perfil indiano, mansión y caserío, recibe en la plaza con cruz de piedra, posible recuerdo de un antiguo rollo medieval. Cuna de dulzaineros, la bella localidad celebra el fin de semana después de la Virgen de Agosto un Certamen Nacional de Mantones de Manila y su verbena es famosa en toda la provincia. De regreso a Soria, encontrará Derroñadas, casi aneja a El Royo por los chalets que han ido pespunteando la carretera. Una torre en una colina le anunciará Hinojosa de la Sierra, con palacio renacentista del XVI, restos de castillo y ribera del Duero con posibilidad de baño. Si hay suerte con la humedad, la laguna que se forma en el llano le saludará al pasar entretenida en dar alimento a las cigüeñas. Ya en la carretera, cuando haya traspasado el puente sobre un Duero en el que flotan los nenúfares, dejará a un lado Oteruelos, al otro Pedrajas y su campo de golf. Regresará con las últimas luces dorando el monte Valonsadero. Quizá Soria le dará la bienvenida con un atardecer quemando el cielo. Si se ha enganchado a la comarca, sea bienvenido a una adicción dulce que cambiará -y sumará tentaciones- en la siguiente estación en que el cuerpo y la entraña le pidan volver. 

 Casa Fuerte de Aldealseñor

  Yacimiento Celtíbero-Romano de Numancia

Casa Fuerte de San Gregorio

l diálogo entre las vertientes mediterránea y atlántica hace de Soria un universo vegetal mixto, en el que hayedos y robles comparten provincia con encinas y pinos. Pero esta tierra nítida se asienta además sobre una meseta que la cierra a la influencia del mar, algo que si bien mitiga exuberancias le proporciona a cambio privilegios como los sabinares y los acebales. En El Valle, donde el Duero apacigua su juventud temprana junto al Tera y el Razón, se llenan las laderas de avellanos, acebos, serbales, álamos, abedules, tejos y zarzamoras. En medio de este vértigo, las hayas -que han hecho aquí su patria chica, y los robles, habitantes de las dehesas extensas. Muy cerca, Garagüeta le da al acebo un nombre propio. La masa de Arévalo de la Sierra, de casi 180 hectáreas y excepcional en la Europa Meridional, es todo un triunfo de vecindad para una especie que suele aparecer aislada. Laberíntica y extraña, forma refugios abovedados para cuervos, urracas, zorzales, tordos y corzos, que en los rigores del invierno encuentran en ella cobijo y menús a base de frutos rojos.

Cebollera:
Pasando Molinos de Razón, una pista parte a la derecha hacia la Cebollera. Es sierra de vegetación generosa, de ciervos y berrea. Un mundo de bosque con el corazón abierto por una laguna glaciar, donde una ascensión hasta el Pico procura panorámicas de viento y cumbre. Abajo, La Rioja se prolonga en valles y crestas. Al fondo, las cuerdas se van a picos como Tres Provincias -en él se añade Burgos al triángulo de tierra- o El Castillo de Vinuesa. Los perfiles dibujan travesías a Urbión, Neila, Santa Inés... Y el azul o el nublado acompañando el aire, los tritones, el verde intenso de las ranas de San Antón. Caballos y ciervos vigilan las ascensiones, la nieve, el deshielo, la primavera que eclosiona. La más que soportable levedad de la belleza prieta.

Desde la capital, El Valle tiene dos entradas posibles. Una es la carretera de Burgos (N-234) y otra la de Logroño (N-111). La primera le brindará un desvío entrañable por una comarcal de rebollares, praderas suaves y serranías, que conducirá a Hinojosa de la Sierra y El Royo. Desde allí, un tejido de carreteras tiernas desemboca en el corazón de la comarca, con conexión con la N-111 y el resto de localidades del itinerario. La segunda opción, que sigue la ruta explicada en este folleto, se inicia por la mencionada carretera de Logroño hasta Numancia, a siete kilómetros de la capital. Más allá, el cruce de La Rubia lleva a la Casa Fuerte de San Gregorio, Matute de la Sierra y comarcales que permiten acercarse hasta Almajano y Aldealseñor. Una vez más habrá que volver a la 111 para visitar a Almarza, inicio asimismo de la comarcal a Gallinero (después del pueblo, una de las pistas que salen a la izquierda lleva a la acebeda de Garagüeta). Y  tornaremos a Almarza, cuya ermita de Santos Nuevos (verá el indicador a unos dos kilómetros en dirección a la capital riojana) se enclava en un robledal centenario. Otra vez en la N-111, esta vez hacia Soria, el desvío de Tera se abre al Valle por antonomasia. Un rosario de pueblos blancos espera, entre nombres como Villar del Ala, Aldehuela y Sotillo del Rincón, Valdeavellano de Tera y Molinos de Razón (traspasando la localidad, en dirección a Sotillo y después del pequeño puente sobre la carretera, parte a la derecha la pista de la laguna de Cebollera). De Sotillo iremos a El Royo, punto de partida de la carretera a Soria con parada en Derroñadas, Langosto   e Hinojosa de la Sierra. Desde esta carretera es posible tomar el cruce que lleva a Garray, a los pies de Numancia o seguir, dejando Oteruelos y Pedrajas a los lados, hasta la desembocadura de la Nacional de Burgos, a una decena de kilómetros de la capital.

OFICINAS DE TURISMO:

 

Patronato Provincial de Turismo.

c/ Caballeros, 17. 42002, Soria.

Tfno. 975 220 511. Fax. 975 231 635.

e-mail: turismo@dipsoria.com

http://www.sorianitelaimaginas.com
Soria 42002.

C/ Medinaceli, 2.

975 212 052. Abierta todo el año.

El Burgo de Osma 42300.

Plaza Mayor, 9.

975 360 116. Abierta todo el año.

Medinaceli 42240.

689 734 176. Abierta todo el año.

Abejar 42146.

975 373 297. *

Ágreda 42100.

Plaza Mayor, 1. 976 192 714. *

Almazán 42200.

Plaza Mayor, s/n. 975 310 502. *

Berlanga de Duero 42360.

Plaza Mayor. 975 343 433. *

Garray.

975 252 001.*

Más información:

San Esteban de Gormaz 42330.

975 350 292. *

San Leonardo de Yagüe 42140.

975 376 052. *

Vinuesa 42150.

Castillo de Vinuesa s/n. 975 378 170.*
 * Abiertas fines de semana, desde Semana Santa hasta Navidad y todos los días de verano.
 

 Textos: Susana Gómez Redondo