T I E R R A S   DE
M E D I N A C E L I

Cruce de seducciones

 

esde Medinaceli, el Valle del Jalón se estrena abajo. Mirador dilatado sobre una colina, la villa se alimenta de tiempo y paseos, hermoso mundo de piedra en el que la historia y los hombres escribieron su memoria intensa. Desde ella, donde el viajero callejeará despacio, se abren numerosas excursiones: Romanillos brinda románico, calzada y fuente romana, tumbas antropomorfas medievales y colección etnográfica; más allá late fuerte la leyenda: en Barahona vivieron las brujas. Así lo afirma al menos la tradición y un documento del Archivo de Cuenca, donde un documento recoge el proceso inquisitorial contra varias mujeres de la localidad. Cuentan que en el Campo de las Brujas la hechiceras hacían aquelarres y bailaban con diablos alrededor de una piedra cónica con un agujero (Confesionario de las Brujas) que aún existe.

Pero la excursión ineludible se adentra en el yacimiento del Paleolítico Inferior más importante de la península. Está a quince kilómetros de Medinaceli, y desde principios de siglo ha arrojado en las continuas excavaciones restos fosilizados de uros, caballos, lobos y huesos de elefantes de hace 300.000 años algunos con defensas de más de tres metros-, que pueden verse en el museo de Ambrona junto a herramientas de piedra. Más allá, un pueblo rojo olvida entre cerros desgastados la aridez castellana. Se llama Somaén, y mientras sus cuestas echan un pulso incierto a la gravedad, ve al Jalón lamer las huertas desde su torreón cuadrado del XIV y XV.

Y seguimos, carretera y mapa, por esta tierra de tránsito. A eso huelen las calles rojas y blancas de Arcos: a esencias aragonesas y castellanas cruzándose en las callejuelas empinadas. Desde allí, la angosta carretera de Iruecha devuelve al viajero el sabor de la piedra y los silencios.

Ciudad del Cielo:

Ese día -uno de tantos que quisimos empaparnos de una de las villas más hermosas de la provincia- acabamos empapándonos también de lluvia. Era una de esas tormentas de verano que de pronto bañan la tierra y la impregnan de un penetrante olor a humedad que no se paga con nada. Fue un aguacero pequeño e intenso, de los que lavan el mundo y dejan la sensación de que todo está aún por hacer... Todo menos la belleza limpia de las calles medinenses, por un rato vacías y húmedas como un bautizo de nube. Ella, la villa que sabe ejercer seducciones a todo el que la mira, recibió como siempre: cálida, magnífica, como un escenario que bien podría haber sido el de una estampa intacta de cualquier reclamo turístico. Claro que Medinaceli traspasa todo eso para hacerse tangible -realidad visual que se toca y se pasea-, bien conservada, ‘ciudad del cielo’ a la que cantara Gerardo Diego para decirle requiebros en verso y llamarla diamantina, inviolable, abre tus alas plegadas / que tienes ancha la puerta’...



Toro Jubilo

La Soldadesca en Iruecha

Un pastor con manta y cayado se perfila en el horizonte de sabinas y encinas. El mundo se para en la carretera sin tráfico... Secularmente apartada, esta zona parece haber detenido los relojes en los tendales y los arroyos, al tiempo que una hermosura extraña perfila los caseríos de piedra y su despoblación imparable. Al llegar a Chaorna, la belleza se viene de golpe en las casas y las fuentes, las cuevas que se hicieron tainas, las rocas anillando la aldea, los restos del castillo de arquitectura militar medieval, las cascadas que ponen fertilidad al entorno adusto y callado...

La carretera, que sigue estrecha y solitaria, lleva por seducciones de pura tierra hasta Judes y su laguna. Más tarde, Iruecha dará su saludo de piedra, sabina, encina y roble. El pueblo conserva restos del castillo medieval y una nevera comunal, construcción subterránea donde se introducía nieve para conservar los alimentos de todos los vecinos. Pero lo más célebre de esta población alejada de las rutas convencionales es sin duda La Soldadesca. El 20 de agosto, en una celebración relacionada con las fiestas de moros y cristianos, los cofrades de la Virgen de la Cabeza ejecutan un belicoso baile y ondean banderas multicolores, antes de que los musulmanes simulen una invasión y sean derrotados, para acabar postrándose todos ante la Virgen. Por la noche, los vecinos recorren las calles, en un rosario de faroles coloreados que el resto del año descansan en el templo.

De nuevo en Arcos, se desdobla la autovía de Aragón, el cuentakilómetros que sube, el ritmo que se acelera...Todo se esfuma tras el umbral cisterciense de Santa María de Huerta. Entra en la escena del viaje un oasis a intramuros: dos mundos ajenos que comparten siglo y espacio, tan distantes entre sí como dos universos. Imaginamos -naturales de ese tiempo a extramuros- que la mística ha de parecerse mucho a esta paz de claustro y luces de vidriera... Y dejamos atrás el cenobio. Trabajo, oración y estudio. Una campanilla anuncia la Nona, la Sexta, Víspera, Completas... La carretera.

Antes de llegar a Monteagudo, un desvío señaliza Almaluez. El pequeño pueblo sorprende con un tesoro único en Castilla y León en su iglesia del XVI: un impresionante baldaquino del XVIII de madera policromada, gigantescas columnas salomónicas y techumbre de media naranja, que el viajero podrá inspeccionar por la parte trasera gracias al pasillo al fondo del ábside.

 

Santa María de Huerta:

Al Monasterio de Santa María, uno de los cenobios más destacados del Císter, se accede por un arco apuntado bajo un rosetón. La vida a intramuros se repliega en un susurro breve, acolchada por las paredes de piedra y los pasos blandos de los monjes benedictinos. La iglesia recibe en claroscuros de románico-cisterciense del XIII. Hay un retablo del XVIII. Más silencio. Menos prisa. La austeridad de la regla de San Benito acompañando hasta el Claustro de los Caballeros... No romper esta paz del patio del XIII... Llegar al Refectorio, obra maestra del arte cisterciense. Desde el púlpito, la voz de un monje acompañaba los guisos de la cocina adyacente, aún intacta. Al otro lado, otro comedor, éste destinado a los conversos, se reparte en dos naves del XII, de marcado gusto francés. No en vano fueron los Pirineos la puerta de entrada de esta orden sobria, hortelana y  humanista del ‘Ora et Labora’. 

De regreso a la carretera, un pueblo-fortaleza asoma sobre una muela. Sólido, rojizo y centro histórico de guerras y pactos entre los dos reinos limítrofes, Monteagudo bebe vientos del cercano Aragón. Una puerta almenada da paso en su lienzo amurallado a un destacado conjunto histórico-artístico, que se hace palpable en el Castillo-Palacio y la iglesia, ambos del XV e influencia mudéjar.  

De regreso a Soria, y si no quiere el viajero volver a Santa María, una veintena de kilómetros por tierras de la Recompensa llevan a Morón de Almazán, hermosa plaza de la comarca adnamantina en la que... Pero esa es otra historia y otra invitación.

 

 

 

Arco Romano de Medinaceli

Plaza Medinaceli

Monasterio de Santa María de Huerta

on la encrucijada escrita en el tiempo y el espacio, el estratégico castro que los celtíberos fundaran con el nombre de Occilis no podía tener otro destino que el de ver superponerse a la historia. Importante enclave de la Conquista Romana y capital musulmana de la Marca Media, la Ciudad de la Mesa (Medina-Occilis) volvería a ser escenario de batallas entre los reinos cristianos, para continuar por los vericuetos de los siglos hasta la creación del Ducado de Medinaceli por los Reyes Católicos. En ella se cree que duerme el sueño eterno Almanzor, después de que su hijo fuera a buscar su cadáver al cercano Bordecorex. En este mismo lugar fronterizo entre la historia y la leyenda, el Cid mantiene aquí un recuerdo doble: por un lado, un Cantar que alude en varias ocasiones a la villa; por otro, el posible origen de uno de los autores del Poema medieval y anónimo. Hecha así, con los milagros de memorias y mitos, la villa recuerda su origen antiguo en piedras y ceremonias: en noviembre, el fin de semana más cercano al día 13, un ritual ancestral prende en la plaza. Es el Toro Jubilo, un astado enorme que irrumpe embarrado y enarbolando una cornamenta postiza (gamella), sobre la que arden dos grandes bolas de fuego. La fiesta habla de lo que podría ser un rito iniciático: los mozos cortan la soga y luego corren entre las pavesas.

Arco Romano

Una Puerta Ancha recibe en Medinaceli desde sus tres ojos. Símbolo de la villa, la entrada a la que cantara el poeta Gerardo Diego no es otra que el Arco Romano de triple arcada, único en España, magnífico en sus grandes dimensiones ,y secreto en su dedicación y fecha de construcción tras perder la cartera de bronce que le hubiera dado los datos a la ficha de la historia. En su lugar, sendas hipótesis apuntan que el exclusivo arco pudo ser erigido en el siglo I o el II, faro y señero de una Occilis que primero fue un campamento y más tarde un importante enlace en vía entre Caesaragusta (hoy se llama Zaragoza) y Emérita Augusta, la actual Mérida.

Es el día de los Cuerpos Santos, la noche en la que la religiosidad se cuela en cinco hogueras una por cada mártir medinense que encienden aún más una tradición pagana: el toro de los celtíberos.

El pasado de Medinaceli -esa memoria superpuesta en los estratos del suelo y del tiempo dejó en la ciudad un intenso poso cultural y patrimonial. Su esplendor histórico, unido a un progresivo abandono a partir del siglo XVI, le permitió conservar apenas sin alteraciones su aspecto señorial, lo que desembocó en su catalogación como Conjunto Histórico-Artístico y una nueva ocupación. Tras el arco romano, calles empedradas y sinuosas dibujan los restos más antiguos del trazado urbano, de época árabe: callejuelas a las que se asoman las casonas nobles y los blasones, el Palacio de los Duques de Medinaceli, el del Marqués de Casablanca, los múltiples testigos en sillería de los siglos XVI y XVII... La Plaza Mayor descansa sobre el antiguo foro romano. El poderoso imperio dejó bellas herencias polícromas en ella, donde fue hallado un mosaico de grandes dimensiones, parte del cual se conserva en el Palacio Ducal. Bajo los soportales, el Aula Arqueológica y la Alhóndiga. El consejo es callejear, colarse por los hechizos de la villa -o ellos por uno-, descubrir una muralla que ya rodeaba la ciudad en época celtíbera y de la que se conservan algunos destellos romanos junto al arco; los tramos medievales; la Puerta Árabe; el castillo; la Colegiata del XVI sobre la iglesia románica, su única nave a la que se sumarían capillas del gótico tardío, la cripta románica, la rejería gótica, el altar barroco, la talla del Cristo de Medinaceli... Y seguir, llegarse hasta el Convento de Santa Isabel, donde las Monjas Clarisas sustituyeron la elaboración de alfombras por la repostería; acercarse hasta el Beaterio de San Román, ese extraño edificio rectangular al que se otorga un origen no cristiano, quizá mezquita o sinagoga. Después, si la hora lo pide -intente que así sea llévese a la mesa un menú de cocido de la tierra y asado...

OFICINAS DE TURISMO:

 

Patronato Provincial de Turismo.

C/ Caballeros, 17. 42003, Soria.

Tfno. 975 220 511. Fax. 975 231 635.

e-mail: turismo@dipsoria.com

http://www.sorianitelaimaginas.com
Soria 42002.

C/ Medinaceli, 2.

975 212 052. Abierta todo el año.

El Burgo de Osma 42300.

Plaza Mayor, 9.

975 360 116. Abierta todo el año.

Medinaceli 42240.

689 734 176. Abierta todo el año.

Abejar 42146.

975 373 297. *

Ágreda 42100.

Plaza Mayor, 1. 976 192 714.

Almazán 42200.

Plaza Mayor, s/n. 975 310 502.

Berlanga de Duero 42360.

Plaza Mayor. 975 343 433.

Garray.

975 252 001.

San Esteban de Gormaz 42330.

975 350 292. *

San Leonardo de Yagüe 42140.

975 376 052. *

Vinuesa 42150.

Castillo de Vinuesa s/n. 975 378 170.
 * Abiertas fines de semana, desde Semana Santa hasta Navidad y todos los días de verano.
 

 Textos: Susana Gómez

 

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